Artículo de macula fanzine #13 “Sueños”
Por Andres Matallana R.
Saber que tiene escrito algo en ella. Ver ese arrume de letras. Ella no las lleva puestas. Sólo se ven si alguien las piensa. Si alguien las padece. A ella nadie se las puso. Ella simplemente las vive.
¿Y qué si lo hace? La verdad, significa mucho. Significa que hay algo que ella tiene y que yo no, primeramente. Pero las cosas empiezan a cambiar un poco. No es sólo lo que vive; ahora empieza a ser todas aquellas escenas en las que ella actúa. En las que dice un chiste para nada gracioso. En las que enseña su sonrisa a la vez que a aprehender a reír. En las que enseña su sonrisa a la vez que aprende a reír. En las que deja un pequeño pedazo de sí misma, y me lo da, sin reparos, para que tenga después.
Pero aun no sé si esto afecte las lluvias y los cafés y las nuevas lluvias. Aún no lo decido. Quizás no sea cuestión de decidir. Quizás sea mejor dejar que fluya el alejamiento, ir omitiendo una de nuestras extrañas vinculaciones de charlas simplistas que juegan a ser complejas, y también las que sabemos complejas que juegan a ser ingenuas; quizás lo haga, escondiéndome debajo de la mesa, sin responder a los alarmantes y burleteros llamados, hasta que tengan que cerrar el bar,o en su defecto, hasta que me saquen a escobazos.
O mejor dejo pasar el tiempo. Ya lo he hecho, es muy fácil.
Pero no puedo dejar de pensar en lo que es posibilidad en ella. Ella no representa una verdad presumible ni demostrable. Esto me mataría si dejara pasar el tiempo pues, al no ser verdad futurible, entra a respirar una cualidad hiperactiva de lo que creo es mi conciencia, mi amiga a las malas: mi conciencia tiene una prima lejana de la familia por parte de su madre, se llama Alicia y no hace otra cosa que regalarle imágenes. En otoño le regala estampitas y en invierno le regala cajas de música, con todas sus pequeñas pepitas que no hacen sino girar al ritmo de mis acontecimientos. Al no estar Ella, tocaría sin armonía.
Por tanto, dejarla de ver, dejár pasar el tiempo, apagaría esa música, y es precisamente la música la que me hace falta, esa música que ella me da, esa música propuesta mía, esa música tan nuestra.





Se siente como un olor a la literatura urbana colombiana de hace unos años, un Andrés Caicedo o un Chaparro Madiedo con su “Opio en las nubes”. También tiene un aire y no tan denso a Efraín Medina y su “Érase una vez el amor pero tuve que matarlo”. ¿Qué le digo? que no deje de escribir, que me parece un buen cronista de los sentimientos humanos. Saludos.
Linda analogía!